Podar los árboles acorta su vida



Casi todos los inviernos y hasta bien entrada la primavera, demasiados ayuntamientos provocan la indignación de muchos de sus vecinos, sensibles con las podas brutales de los árboles urbanos. En muchos casos, más que podas podrían llamarse talas, ya que los árboles son cortados lisa y llanamente por la mitad de su tronco.

Podar toda la copa de cualquier árbol no solo es discutible técnicamente, sino que además es insultante. Mientras no se demuestre otra cosa, podar árboles ornamentales indiscriminadamente y sin criterios es ilógico, antinatural, anti-fisiológico, anti-estético, irracional, anti-ecológico y además económicamente caro.

Al margen del debate teórico sobre si es bueno o no para los árboles (al que iremos más adelante), esta el hecho de que los árboles se plantan para disfrutar de su visión todo el año, en verano con sus hojas y en invierno sin ellas (caso de caducifolios). Y en este sentido, debemos reclamar a nuestros administradores el derecho a disfrutar de la visión de los árboles en su estado natural y no de troncos mutilados. El árbol es el ser más generoso que jamás ha existido; un ser, que por definición, lo da todo sin esperar nada a cambio.

Se ha dicho que para que las plantas crezcan mejor y más sanas, hay que hablarles y ponerles música. Sin embargo, se comenta poco el proceso opuesto, es decir, de cómo las plantas influyen positivamente en los seres humanos: provocan procesos curativos, favorecen el equilibrio físico y psíquico, purifican el ambiente, etc.

Se hace difícil resumir la gran cantidad de información técnica, científica, académica y práctica de la que disponemos para dar argumentos contra las “podas salvajes” de los árboles urbanos, pero lo intentaremos.

Los árboles son seres organizados y vivos, clavados al terreno, “condenados” a una inmovilidad permanente. De lo contrario, ¡cuántos se escaparían del terrible y despiadado trato de ingenieros, jardineros y “dueños”!

En principio habría que distinguir entre podas de dos tipos de árboles: árboles frutales y árboles ornamentales:
  • La poda de árboles frutales tiene un sentido específico y no es otro que la producción intensiva de fruta. Es decir, que se poda con determinadas técnicas para favorecer las yemas o ramas que interesen, de forma que se canaliza la savia del árbol para que produzca más fruta y menos madera. Este tipo de poda intensiva tiene varias consecuencias, una de ellas es acortar la vida de las plantas.
  • De los árboles ornamentales, casi siempre nos interesa que vivan el mayor tiempo posible, pues no nos interesa su producción sino la planta en sí. En estos casos, no se ha demostrado que podar tenga efectos terapéuticos o que sea necesario; muchos árboles pueden soportar una poda pero no la necesitan. Podar es amputar y, por tanto, eliminamos una rama verde, perdemos una parte viva de la planta y provocamos la disminución de sus funciones vitales, perdiendo con ello reservas en hidratos de carbono que están almacenadas en los tejidos. Pensemos que cuando un árbol va adquiriendo naturalmente una forma, estilo o porte, alguna razón biológica o evolutiva tendrá para ello, pues lleva más de 370 millones de años haciendo lo mismo.
Existe la falsa creencia de que las plantas crecen más cuanto más se podan, y efectivamente a veces lo parece. Cuando se realiza una poda muy severa, la planta reacciona emitiendo numerosos brotes largos y débiles (los chupones) que hace necesario que se vuelva a podar nuevamente el próximo año, y así continuará hasta que finalmente muera. Así está sucediendo, por ejemplo, a muchos árboles de Bilbao y otros lugares. Curiosamente, en algunas ciudades parece estar “de moda” la poda de árboles con un único criterio que recitan los técnicos municipales: “es la época“, dicen, aunque no hayan plantado ni una lechuga en su vida.

El terciado y el desmoche de un árbol destruyen la dignidad del mismo y son rechazados por muchos expertos. La ironía del desmoche es que la mayoría de las veces, los nuevos brotes crecen más altos que los viejos y también más débiles. Ello obedece a un comportamiento de emergencia por sobrevivir: todas las plantas buscan armonía y equilibrio entre ramas y raíces.

Veamos el siguiente ejemplo: Cuando un árbol tiene 100 de copa, tiene también otros 100 de raíces, (se encuentra en equilibrio) pero si eliminamos el 50% de la copa, inmediatamente las raíces comenzarán a autoeliminarse en un 50%, para buscar ese equilibrio, pudriéndose las mismas. A la vez, también el árbol emite brotes de emergencia buscando el equilibrio con sus raíces, mediante el desarrollo de los chupones. De esta forma, parece que cuando se poda un árbol, este crece “más y mejor”.

En todo caso y cuando de verdad sea justificable realizar una poda, esta debería hacerse con criterios profesionales; no dejando muñones de madera muerta, realizando cortes limpios, lisos e inclinados (para evitar la humedad de la lluvia), protegiendo las heridas grandes con tratamientos específicos como pastas ad hoc, etc., pero teniendo siempre en cuenta que la forma natural de crecimiento de un árbol no es accidental sino consecuencia de millones de años de evolución, anterior a la aparición de los humanos (incluso Adán y Eva debieron comer frutas de árboles jamás podados).

Por ello, lo mejor que los humanos podemos hacer con los árboles es, en primer lugar, plantar el árbol adecuado en el sitio correcto, para que pueda estar 500 años en el mismo sitio, esto es, con perspectiva de futuro; luego hablarles con cariño, abrazarlos y… DEJARLOS EN PAZ.




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